El periodista Alfonso Rojo, enviado especial de El Mundo en Irak, reconstruyo en su día las circunstancias en que fueron asesinados los siete agentes del CNI. Éste es un extracto de la crónica publicada en la edición del miércoles 3 de diciembre de 2003.
«¡Nos están matando! ¡Mandad helicópteros!».
Las palabras entrecortadas de Carlos Baró restallaron como un latigazo a través del teléfono móvil. Todavía marcó otra vez, cuando ya estaba herido de muerte y en Madrid, en la sede del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), quedó grabada para siempre la angustiosa y breve conversación que mantuvo con su jefe.
Entre la primera y la segunda llamada, transcurrieron diez minutos eternos y terribles, durante los que Baró y otros tres agentes del CNI sostuvieron con sus pistolas una desigual y desesperada batalla contra una decena de desalmados que, con una ametralladora PKS, fusiles kalashnikov y granadas como armamento, les tendieron la emboscada.
Carlos Baró era uno de los españoles que iban en el segundo coche.Los facinerosos, emboscados junto a la casa donde comienza la aldea de Latifiya, habían reventado a balazos las cuatro ruedas del Toyota Land Cruiser, pero Baró y sus compañeros se las arreglaron para recorrer dando tumbos casi un centenar de metros. Al llegar a la altura del barrizal donde yacía acribillado y humeante el primer Toyota y ver que el Oldsmobile de los atacantes les cortaba el paso, decidieron ir a por todas.
Echaron mano de sus automáticas y al unísono, saltaron al pavimento tratando de alcanzar las huertas del otro lado de la calzada.Desde allí, con la única protección de los matojos, el vientre pegado a la tierra y contando cada bala, resistieron hasta el último aliento.
José Manuel Sánchez Riera fue el único que sobrevivió. Cuando ya no había ni esperanza ni compañeros vivos, se fue arrastrando hacia atrás. Hizo un rodeo por los campos, retornó a la carretera, paró un taxi conducido por un bienaventurado y huyó hacia Mahmudiya, donde tienen un cuartel los estadounidenses de la 82ª División Aerotransportada.
Todo es muy confuso y hasta que Sánchez Riera, quién ayer regresó a España en el avión Hércules donde iban los féretros de sus siete amigos, no relate minuciosamente su experiencia, la emboscada de Latifiya seguirá en esa nebulosa.
A pesar de eso, han aflorado ya bastantes detalles y comienza a ser posible reconstruir a grandes trazos la tragedia. El ataque ocurrió sobre las cuatro de la tarde, en una interminable recta de la carretera que baja de Bagdad a Hilla, la antigua Babilonia.Los ocho españoles habían almorzado en la capital, con otros dos colegas y se replegaban a sus bases en Nayaf y Diwaniya.Iban de paisano, pero dos todoterreno blancos, impolutos y repletos de europeos, son fáciles de identificar en un país como Irak.
Debieron atisbarles cuando cruzaban a marcha lenta, forcejeando con el denso tráfico, por el abigarrado mercado de Mahmudiya.La localidad, enclavada a una treintena de kilómetros al sur de Bagdad, fue siempre una plaza fuerte de Sadam Husein y sigue trufada de nostálgicos del viejo régimen.
Ayer, cuando pasábamos hacia el sur, me detuve unos instantes frente al fortificado Ayuntamiento y uno de los norteamericanos que montan guardia a la entrada comentó sombrío que rara es la semana en que no les tirotean en la carretera.
Los conjurados aguardaban ocho kilómetros más adelante. Tenían dos coches voluminosos y permanecían casi ocultos por un muro.
«Nadie conocía aquí la nacionalidad de los que iban en los coches y los que aguardaban emboscados tampoco», afirma tajante Mustaq Ibrahim, que fue capitán del Ejército de Sadam durante 11 años y ahora se gana la vida conduciendo un taxi. «Son islámicos wahabíes, que odian a todo extranjero y querían matar extranjeros».
Uno de los asustados policías de la comisaría situada a un kilómetro del lugar de la emboscada confesaba ayer que la mayoría de los habitantes de Latifiya son fervientes suníes y pertenecen a la tribu de Al Janabi, una de las que más apoyaba al dictador.
La imaginación y el miedo son ingredientes peligrosos a la hora de bucear en las realidades de un combate. La reacción natural ante el tableteo de las ráfagas y el trepidar de las explosiones es ocultarse o encogerse tratando de ofrecer el mínimo perfil.No levantarse a mirar o acercarse. La única manera de arrimarse a la verdad, en medio de la maraña de los sentimientos, consiste en cotejar datos, distancias, velocidades, precedentes y huellas.Ayer lo intentamos, hablando con decenas de personas, comparando testimonios, observando marcas en el suelo y calculando distancias.
Un indicio claro de que los asesinos no sabían que atentaban contra un grupo de españoles es que celebraron, junto a los excitados vecinos de Latifiya, la muerte de los siete españoles, convencidos de que habían acabado con un grupo de agentes de la CIA. Algunos, al notar que los fallecidos no eran norteamericanos, pensaron durante bastantes horas que los muertos eran espías del temido servicio de Inteligencia israelí.
«¡Mirad lo que hemos hecho con los americanos y los sionistas!», se pavoneaban los más macabros cada vez que cruzaba un autobús y los pasajeros se asomaban curiosos.
La comarca, como todo el arco de granjas y aldeas suníes que abraza Bagdad por el suroeste, es peligrosa, pero nada hacía presagiar el drama y el comandante Alberto Martínez y los siete hombres de su equipo viajaban confiados.
Probablemente, ni siquiera repararon que un Oldsmobile blanco se ponía en marcha cuando ellos pasaron. Quizá ni observaron por los espejos retrovisores que el voluminoso automóvil se aproximaba ganando velocidad. Eran militares y paradójicamente eso jugó en su contra. Si hubieran sido simples civiles, se habrían alarmado.Raro es aquí el periodista, el comerciante o el miembro de una ONG al que los atracadores no han hecho pasar un mal trago. Los piratas de autopista usan BMW, Mercedes Benz o cualquier haiga americano de gran cilindrada y segunda mano, se acercan como si fueran a adelantar, asoman sus kalashnikov por las ventanillas y conminan a la víctima a detenerse en la cuneta, donde la desvalijan a gusto.
Los agentes del CNI no temían un asalto y por eso no prestaron especial atención al Oldsmobile. De improviso, por la ventanilla del acompañante y por la del pasajero sentado a la derecha del asiento trasero, los criminales comenzaron a vomitar balas.
Los testigos, que difieren hasta la exasperación incluso en los horarios, coinciden en que una de las armas era una ametralladora PKS. Es un instrumento letal, de origen ruso, que abundaba en el antiguo Ejército iraquí y que, además de llevar un enorme cargador circular y provocar un ruido paralizante, larga hasta 300 balas por minuto.
Los enmascarados
«Justo en ese instante, los cómplices de los del Oldsmobile abrieron fuego contra el Toyota que venía detrás», explica Mustaq Ibrahim, apelando a su experiencia como capitán del Ejército. «Es la secuencia lógica, aunque muchos de los muchachos que andan por aquí hablen sólo de cinco atacantes».
Un taxista, que la agencia France Presse identificaba ayer como Fawaz, corrobora esta versión: «He visto a cuatro o cinco hombres encapuchados y armados salir de las callejuelas que llevan a la autopista, para echar una mano a los del Oldsmobile».
La gente dice que las primeras ráfagas tocaron de muerte al conductor del Toyota que circulaba delante, porque el vehículo hizo una ese y se salió de la calzada por la derecha, yendo a empantanarse en el badén, que separa la carretera de las primeras casas.
Los muchachos, los mismos que la víspera patearon alguno de los cadáveres y vitorearon al derrocado Sadam, coinciden en que los enmascarados lanzaron una bomba contra el coche varado en el barro. En lo que discrepan es en la identidad del lanzador de la granada. Unos dicen que fueron los cinco superterroristas del Oldsmobile y otros sugieren que fue alguien apostado en la vía de servicio, junto a los edificios.
Los jóvenes, todos los cuales alardean de haber sido testigos en primera línea -lo que es más que dudoso-, divergen también a la hora de catalogar a los atacantes: unos hablan de fedayin, otros de muyahidin y alguno de wahabíes del partido islámico.Nadie admite que son locales, pero flota en el ambiente.
Los españoles del segundo Toyota también habían recibido una lluvia de balas, pero seguían vivos y a duras penas, con las ruedas reventadas, siguieron adelante.
«Llegaron un par de minutos después, se detuvieron a la altura del primer vehículo y los cuatro que iban dentro empezaron a disparar en todas direcciones, defendiéndose como podían», declara un hombre, citado por AFP, cuya casa queda muy cerca del escenario de la masacre. «No tenían dónde parapetarse, pero estuvieron resistiendo cerca de un cuarto de hora, antes de ser abatidos y de que cesaran los tiros».
Durante todo ese tiempo, ni uno solo de los agentes acantonados en la comisaría situada a un kilómetro de distancia, en dirección a Hilla, se asomó a mirar. El primer policía llegó al lugar una hora después, cuando ya hacía más de media hora que habían pasado por allí los periodistas de la cadena Sky News.
Aunque la emboscada de los agentes del CNI es la más mortífera de todas las que han ocurrido en las carreteras de Irak desde que el presidente Bush anunció el fin oficial de la guerra, el pasado 1 de mayo, en Latifiya no era la primera vez que ocurrían incidentes parecidos. No sólo atracos, sino también ataques en toda regla. Hace un mes, los encapuchados tirotearon la propia comisaría y hace dos destruyeron un Humvee del Ejército norteamericano.
«Nosotros encontramos al español superviviente», afirma tozudo Dagud Selman, el orondo, escurridizo y sudoroso comandante de la policía de Latifiya. «No se encuentran los agentes que estuvieron de servicio ayer, pero les aseguro que a los dos minutos llegamos al lugar».
Tampoco llegaron pronto los norteamericanos. La gente dice que tardaron más de hora y media en aparecer y eso que se necesitan apenas 10 minutos para llegar desde Mahmudiya. Los helicópteros Superpuma españoles, que Carlos Baró reclamaba con lógico frenesí, sobrevolaron la zona cuando ya era noche cerrada, justo antes de que los hombres de la 82ª Aerotransportada recogieran los restos mortales de Alberto Martínez, José Merino, José Carlos Rodríguez, José Lucas Egea, Alfonso Vega, Luis Ignacio Zanón y Carlos Baró.
Ayer, sólo seguía en el barro el primero de los Toyota y los niños excitados por la presencia de extranjeros se encaramaban encima cada vez que veían a alguien con una cámara. El otro coche español había sido retirado por los norteamericanos. Entre unas matas, pegado al arcén del otro lado, todavía había restos de sangre fresca y una gafas a las que falta un cristal. El teléfono de Baró, el que sirvió para alertar a Madrid de la tragedia, había desaparecido.
No todos se alegraban ayer de lo ocurrido. Varios hombres, incluidos los obreros que reparaban un camión en la desierta gasolinera, se acercaron a nosotros al saber que éramos españoles y, tras llevarse la mano al corazón, como hacen los árabes, nos dijeron que sentían dolor por las muertes y que repudiaban a los criminales.